El hombre que arrastraba su descanso
Título: "Présence absente"
Artista: Jean-Louis Armand
Fecha: 17 de Abril, 1964
Lugar: Teatro de la Abadía, París, Francia
Instrucciones: En una sala de actos se congrega al público. Este grupo de personas asiste mediante una invitación personal previa, desconocen el contenido de la acción. Las luces reducen su potencia hasta alcanzar la penumbra. En ese preciso momento aparece el artista elegantemente vestido arrastrando una silla va recorriendo el espacio destinado a la acción. Su mirada parece buscar el sitio ideal para detener su recorrido. Un momento después, y de forma inesperada toma asiento sobre la silla y coloca sus manos sobre su regazo. Permanece inmóvil y en silencio durante unos minutos. El público parece dudar de su privilegio de espectador. El performer de repente se levanta y desaparece de la escena.
"Présence absente" es una obra de performance realizada por el artista francés Jean-Louis Armand en 1964. La acción juega con la expectativa, la presencia y la ausencia en una época marcada por profundas transformaciones políticas y culturales, donde el rol del espectador y las barreras tradicionales entre arte y vida comenzaban a ser cuestionados. En esta acción, el público es invitado sin contexto previo, sometido a un suspense casi ritual mientras observa al artista recorrer lentamente el espacio de acción. El performer, con porte solemne y elegante, arrastra consigo una silla, lo que produce un leve sonido en el silencio de la sala, generando una tensión y expectativa casi intolerable.
Finalmente, tras buscar el lugar adecuado, toma asiento y guarda silencio, situándose en una postura que simula una pausa meditativa. Los minutos transcurren en completo silencio, y la inmovilidad del artista desconcierta al público, que se pregunta sobre el propósito de su rol como observadores. De pronto, el artista se levanta y abandona la escena sin explicación, disolviendo la tensión y dejando al público en la penumbra de sus propias reflexiones.
En 1964, el mundo se encontraba en un momento de ebullición cultural, social y política. Europa, todavía marcada por los ecos de la Segunda Guerra Mundial y la polarización de la Guerra Fría, comenzaba a abrirse a nuevas formas de pensamiento artístico y social. París, en particular, se había convertido en un punto neurálgico para movimientos de vanguardia, atrayendo a artistas, intelectuales y pensadores interesados en desafiar las convenciones tradicionales y explorar la alienación y la abstracción como respuesta a las experiencias traumáticas y cambiantes del mundo moderno.
La obra de Jean-Louis Armand se sitúa en este contexto como una crítica sutil a la rigidez y previsibilidad del teatro y el arte convencional. La pieza que tratamos parece desafiar la noción de que el arte debe comunicar o expresar algo evidente al público. Al invitar a los asistentes sin ofrecer ninguna pista sobre la naturaleza de la performance, Armand juega con sus expectativas y frustraciones, obligándolos a enfrentarse a un espacio vacío, tanto física como conceptualmente. La sala, en penumbra, y el prolongado silencio del performer producen una atmósfera en la que el público queda atrapado en una especie de espera indefinida, esperando una resolución que nunca llega.
El simbolismo de la obra se basa en la idea de que la presencia y la ausencia son dos caras de la misma moneda, elementos esenciales en la experiencia humana y en la percepción. La figura del artista, inmóvil en el centro de la sala y observada desde el silencio, personifica una reflexión sobre el rol del artista y del espectador. Al tomar asiento y permanecer en silencio, el artista parece convertirse en un "objeto" a observar, devolviendo el "privilegio de espectador" al público, que se convierte en parte esencial de la obra al proyectar sus expectativas y reacciones en él. El acto de levantarse y desaparecer sin advertencia alguna subraya la fragilidad y fugacidad de la "presencia", aludiendo a la idea de que la experiencia de la performance es, en última instancia, momentánea y efímera, una presencia que no puede ser capturada ni replicada.
La acción es simbólicamente poderosa, pues refleja la lucha por encontrar significado en situaciones de aparente vacío, una metáfora de la existencia moderna que recuerda al público la naturaleza efímera de la experiencia y la interpretación subjetiva del arte. Al dejar que el público complete la obra en su mente, Armand convierte el silencio en un espacio de creación compartida. El "acto de observar" se convierte en el verdadero acto de la obra, invitando a los asistentes a reflexionar sobre su papel y sobre lo que implica “estar” presente en la vida y en el arte.
El efecto de esta intervención trascendió su momento, y muchos críticos la ven como una declaración sobre la autenticidad en el arte y la vida: la presencia real versus la presencia percibida. Al despojar la obra de elementos explicativos y al dejar que el público dote de significado a una escena aparentemente vacía, Armand subraya la vulnerabilidad y la belleza de la interpretación subjetiva, recordándonos que el arte no solo debe mostrar, sino también provocar y movilizar pensamientos.


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