RAU-RAU: Anatomía de una vibración
Primo Gabbiano
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Su nombre real es Antonio Clavijo Victori
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Es músico y artista visual. Explora géneros o terrenos experimentales como drone, ambient, noise, electrónica primitiva o paisaje sonoro.
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También trabaja con vídeo y material visual, creando instalaciones audiovisuales, material para vídeo-arte, colaboraciones con performances, teatro y danza contemporánea.
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Ha sido premiado en el ámbito del arte visual, por ejemplo con su proyecto Contradansa (2012) que ganó el primer premio de la Taula de les Arts Visuals de Manresa (Barcelona),
Visual PAL
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Artista visual. Crea piezas videográficas, instalaciones audiovisuales y participa en directo como artista visual para diversos eventos de arte en expansión.
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Colabora en proyectos de música experimental, performance, danza contemporánea, etc.
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También ha sido coorganizadora del festival Andròmina en Pallejà (Barcelona), ha trabajado como comisaria para festivales de arte visual y participado en ciclos como Pantalla Global del CCCB con algunas de sus piezas de vídeo.
En
rau-rau, el sonido no es un acompañamiento, sino materia
física y atmosférica.
Primo Gabbiano trabaja con
drones, oscilaciones, ruidos de baja fidelidad y grabaciones
manipuladas que crean una sensación de densidad táctil. Es una
música que no se “escucha” de modo convencional: se
habita, se deja sentir en el cuerpo.
El cuerpo —presente o evocado— funciona como instrumento resonante. No hay coreografía literal, sino gestualidad orgánica, micro-movimientos o presencias que se sincronizan con las modulaciones del sonido. Esta unión disuelve la frontera entre lo vivo y lo electrónico, entre cuerpo humano y cuerpo sonoro.
Visual PAL introduce un discurso visual que no ilustra, sino que
dialoga con la sonoridad.
Sus proyecciones
suelen trabajar con materiales híbridos: archivo digital degradado,
texturas analógicas, filmaciones intervenidas o loops de movimiento
casi imperceptible.
En rau-rau, la imagen proyectada puede entenderse como
una piel translúcida que recubre el sonido. Es
memoria y superficie, a veces espejo, a veces eco.
El resultado
es una poética de la interferencia: capas visuales
que se erosionan unas a otras, como si el tiempo se pixelara o se
quemara en directo.
El proyecto rehúye la estructura cerrada. Cada función es
distinta:
la improvisación genera un ecosistema
escénico inestable, donde las relaciones entre gesto, luz y
sonido se negocian en tiempo real.
Esto sitúa a los intérpretes en un territorio de escucha
radical, donde lo imprevisto tiene valor estructurante.
Más
que ejecutar una obra, los artistas habitan un proceso.
Ese
carácter performativo coloca al público no como espectador pasivo,
sino como testigo de una construcción efímera.
El título rau-rau remite fonéticamente a un gruñido,
un sonido visceral y casi animal.
Esa onomatopeya sugiere una
vuelta a lo primario, una desarticulación del
lenguaje y de la forma.
Desde ese lugar, la pieza puede leerse
como un ritual de descomposición, donde lo
tecnológico y lo orgánico se enfrentan y se funden.
Hay ecos de la tradición mediterránea y rural (el gesto coral, lo colectivo, la repetición rítmica), pero reconfigurados en clave contemporánea, como una arqueología de la percepción: excavar el presente con herramientas del pasado.
Aunque no es un espectáculo discursivo, rau-rau contiene
una intención política sutil: resistir la lógica
de la claridad, de la narración lineal, de la productividad.
La
apuesta por la lentitud, la repetición y la opacidad es un modo de
reivindicar la experiencia estética como resistencia
sensorial frente al exceso de estímulos y consumo visual.
También plantea una reflexión sobre la fragilidad del cuerpo y de la máquina, sobre el error, la interferencia y la belleza de lo inacabado.

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