Con respeto al respetable

El público en una performance ocupa un rol mucho más complejo y participativo que en otros tipos de expresiones artísticas, como la pintura o la escultura, donde el espectador asume el papel de observador externo, a menudo pasivo. En la performance, sin embargo, se convierte en un agente activo, pues no solo observa, sino que inevitablemente completa la obra con su interpretación y su presencia. Este rol es ambiguo y a menudo incómodo: al no haber una narrativa explícita o una estructura reconocible, el espectador puede sentirse desprotegido, desorientado o incluso rechazado por la obra.

La incomodidad del público en una performance es, en muchos casos, un reflejo del proceso de cuestionamiento que el artista propone. La performance rompe con las expectativas de los espectadores, a menudo negándoles cualquier consuelo estético o un mensaje claro. Frente a lo desconocido y lo indefinido, el público se enfrenta a la necesidad de crear significado, de llenar los espacios de incertidumbre con su propia interpretación. Esta "desprotección" es, a su vez, un elemento fundamental en la intención de muchas performances: al exponer al espectador a una experiencia en la que no existe un código preestablecido, la performance invita a reflexionar no solo sobre el arte, sino sobre los propios límites de nuestra percepción y la búsqueda de sentido en lo incierto.

 

 

La aparente falta de sentido claro pueden incluso potenciar la experiencia, desafiando al público a abandonar el papel seguro de observador pasivo y a entrar en un diálogo interno, y a veces colectivo, que lo confronta con su propio desconocimiento o rechazo inicial. Así, la desprotección en la performance se convierte en un recurso para sacudir al espectado y abrirle una puerta hacia un tipo de experiencia artística que no ofrece respuestas, sino preguntas. Es en esta desprotección donde la performance encuentra su poder transformador, invitando al público a dejar de buscar el “significado” definitivo y, en cambio, a experimentar la obra desde una conexión personal y subjetiva, donde lo incomprensible se convierte en un espacio de autodescubrimiento y reflexión.

 


 

En una performance, el público suele adoptar una posición de observador. Aunque puede ser afectado emocionalmente o incluso interpelado visualmente por la acción del artista, en general el público no participa activamente en el desarrollo de la acción. La performance, aunque a menudo rompe con las convenciones del teatro o la danza, suele mantener una estructura en la que el público es más un testigo que un participante. La obra se desarrolla independientemente de la intervención del espectador, quien puede reaccionar o interpretar lo que ve, pero sin influir directamente en el curso de la acción.

En un happening, en cambio, el público es invitado (o incluso forzado) a participar activamente en la obra, moldeando y modificando su desarrollo. Los happenings fueron concebidos, en gran parte, como una respuesta a la estructura fija de las performances y otros formatos artísticos, buscando involucrar al espectador en un grado mucho más profundo. Aquí, el público no es solo observador, sino co-creador de la obra. Su participación directa en las acciones puede alterar el transcurso de los eventos y dar forma a la experiencia final. El happening se concibe para difuminar la línea entre artista y audiencia, convirtiendo al espectador en un agente activo.

 


En un happening, el significado final suele construirse de forma colectiva y a partir de las interacciones entre los asistentes y los artistas. El público co-crea, responde y altera el significado en tiempo real, y lo que se lleva cada espectador es una experiencia única e irrepetible. En cambio, en la performance, aunque el público aporta su interpretación, el artista controla con mayor rigor los elementos de la acción y el mensaje que se presenta, incluso si es ambiguo o abierto. El sentido de comunidad e improvisación que emerge en un happening es más difícil de lograr en la estructura de una performance.

 

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